Declaración
En mis obras priorizo la belleza formal, la idealización de los rostros como forma de encarnar una idea abstracta —y no a personas reales— y la búsqueda de la perfección técnica como un horizonte al que llegar, nunca como un punto de llegada definitivo.
Me considero un pintor que respeta el oficio y la tradición que nos precedió durante estos últimos 700 años, desde los talleres del Quattrocento hasta el academicismo del siglo XIX, pasando por maestros modernos como Fernando Labrada o Manuel Franquelo. Los grandes maestros y sus obras han sido un estudio constante, no como referencia estética sino como método: entender cómo construyeron la luz, cómo resolvieron la transición entre tonos cálidos y tonos fríos, cómo lograron que lo idealizado no perdiera nunca su verdad anatómica.
Mi trabajo parte de una convicción: el rostro humano, cuando se libera de la anécdota de un individuo concreto, se convierte en vehículo de algo más amplio. No pinto retratos de personas concretas; pinto la idea de belleza que una persona puede sugerirme. En ese sentido, mi pintura se inscribe en la tradición clásica de la belleza ideal, a veces como nostalgia, otras como un lenguaje vivo capaz de seguir diciendo algo hoy en día.
La perfección técnica que persigo no es un fin en sí mismo, sino la condición necesaria para que la idea se sostenga. Una idealización mal resuelta puede ser sentimentalismo; una idealización bien construida es la base de un pensamiento potente. Por eso dedico buena parte de mi proceso a la investigación material y técnica: el uso de medios modernos como la resina alquídica sobre soportes tradicionales de lino o madera, o el control de los ciclos de secado.
Como artista del siglo XXI, entiendo que los recursos técnicos y los avances de mi época deben usarse sin complejos; no podemos vivir en una adoración de fantasmas antiguos sin sentido. Uso la fotografía o el collage digital con retoque digital, que me permiten ensayar composición, valores y correcciones antes de que el óleo se comprometa sobre el lienzo; y la aerografía la incorporo en las fases de acabado que considero necesarias.
Ninguna de estas herramientas sustituye al oficio: lo preceden o lo culminan, pero el criterio, la mano y el ojo siguen siendo enteramente míos. No hay contradicción entre respetar setecientos años de tradición pictórica y servirse de los medios que este tiempo pone a mi disposición: el objetivo sigue siendo el mismo que persiguieron los maestros que admiro —la verdad de la forma, la coherencia de la luz, la belleza como valor en sí mismo— y los instrumentos para alcanzarlo pueden y deben actualizarse.
En última instancia, mi pintura aspira a devolver algo que el arte figurativo contemporáneo ha relegado con frecuencia: la posibilidad de que la belleza, entendida como idealización formal deliberada, siga siendo un territorio legítimo de investigación pictórica.