Fernando Labrada: Del sol de Málaga a la eternidad de Roma (Parte I)
La historia del arte español del siglo XX no estaría completa sin la figura de Fernando Labrada (1888-1977). Pintor, grabador y académico, su obra es un puente entre la tradición decimonónica y la modernidad contenida. Pero para entender al maestro, debemos viajar primero a sus raíces andaluzas y a los años donde se fraguó su sensibilidad artística.
Orígenes y una infancia entre dos tierras
Fernando Labrada nació en Periana en 1888. Sus primeros años de vida estuvieron marcados por una geografía compartida entre su ciudad natal y la localidad sevillana de Écija, donde pasó largas temporadas de su infancia y adolescencia.
Aunque los nombres específicos de sus padres no suelen figurar de forma prominente en los registros generales de su carrera, las fuentes nos revelan pinceladas de su entorno más íntimo. Sabemos que creció en una familia que fomentó sus intereses culturales; su madre, por ejemplo, fue quien despertó su temprana fascinación por la oratoria, llevándolo de niño a la basílica de San Francisco el Grande en Madrid para escuchar a los grandes oradores de la época. Asimismo, mantuvo una relación muy estrecha con su hermana Matilde, a quien escribía con frecuencia para relatarle sus progresos y éxitos en la capital.
El despertar del talento en Madrid
En 1900, con apenas doce años, Labrada se trasladó a Madrid para iniciar su formación oficial en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando. Fue un estudiante prodigio que destacó rápidamente en asignaturas como Paisaje, Dibujo del Antiguo y Ropajes, acumulando premios y matrículas de honor que le permitieron estudiar de forma gratuita.
En esta etapa conoció a la figura más influyente de su juventud: Antonio Muñoz Degrain. El maestro valenciano no solo le enseñó técnica, sino que se convirtió en un segundo padre y mentor. Una famosa anécdota cuenta cómo Degrain, tras dudar inicialmente de la autoría de un paisaje pintado por Labrada en vacaciones, quedó tan impresionado por su calidad que desde entonces le otorgó su predilección, una amistad que duraría veinticuatro años.
El encuentro con Sorolla: Un espaldarazo definitivo
El año 1904 marcó un antes y un después. Labrada, con solo 16 años, obtuvo una Tercera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes por su obra Estudio de interior. Este logro le abrió las puertas de la casa de Joaquín Sorolla, quien era el Presidente del Jurado.
Gracias a la intercesión de Muñoz Degrain, Labrada visitó a Sorolla para agradecerle el premio. El maestro valenciano, reconociendo el potencial del joven malagueño, le concedió el rarísimo privilegio de pintar en su estudio junto a sus propios discípulos. Este contacto directo con el «sorollismo» influyó notablemente en su destreza técnica, especialmente en el dibujo de desnudos.
Roma: La revelación y el amor
En 1909, Labrada alcanzó la cima de las aspiraciones académicas: la plaza de pensionado en la Academia Española de Bellas Artes en Roma. Su llegada a Italia supuso un «choque» estético. Aunque viajó como pensionado de Pintura de Figura, quedó cautivado por la técnica del aguafuerte, que comenzó a cultivar de forma casi autodidacta.
Este periodo romano fue también el de su consolidación personal. En 1910, desafiando la oposición inicial de su familia y de su maestro Degrain, regresó brevemente a España para contraer matrimonio con Antonia Chércoles. La pareja se instaló en el torreón de la Academia en Roma, donde nació su primer hijo, José Fernando, quien fue bautizado en el célebre Tempietto de Bramante.
Un legado de luz y metal
Durante sus cuatro años en Roma (1909-1913), Labrada produjo obras maestras como el Retrato del Padre Panadero o la serie de aguafuertes que le valdrían el reconocimiento internacional. A pesar de las críticas de Degrain, que temía que el grabado apartara a su discípulo de la pintura, Labrada demostró que podía dominar ambos mundos con maestría.
Fernando Labrada regresó de Italia como un artista maduro, capaz de fundir la luz de su infancia malagueña con la severidad del grabado europeo. Su etapa formativa, desde los paseos con su madre en Madrid hasta sus noches de estudio en Roma, sentó las bases de un artista que hoy es recordado como un maestro indiscutible del arte español.
Fuente consultada:
Labrada, José Fernando. (1993). Fernando Labrada. Pintor y grabador. Gráficas Andrés